La recuperación del arquetipo

Juan Avilona

3 abril 2020

 

Qué hermosa reacción suscita la contemplación de un bebé: el rostro y el carácter se ablanda, se enternece… Un bebé es la expresión de la pureza, la virginidad en la transparencia de su mirada,  la ausencia de pensamientos, expectativas, juicio… y ante la ligereza de esta esfera de pureza que porta sentimos profunda paz.

Este estado de liviandad y paz que tanto anhelamos a lo largo de la vida fuimos abandonándolo al ir perdiendo nuestra virginidad original.

Al crecer, el niño, por imitación, despierta su capacidad para pensar, analizar, reflexionar… y lo hace tal como ve en su entorno, a través del racionalismo mental, un mecanismo que es propio de la parte del cerebro relacionada con la naturaleza reptil. Aquí también se aloja el llamado “instinto de supervivencia”, que nos lleva a priorizar las necesidades vitales personales a las de los demás, generándose el sentimiento y comportamiento egoísta que hoy tanto nos separa a unos de otros.

Según las enseñanzas del misticismo cátaro/bogomilo esta parte de naturaleza reptil fue fruto de la intervención de los mundos oscuros en la naturaleza original virginal teohumana y afirman, demostrando, que el hombre mantiene en su interior el potencial de inmaculadez original, no necesita el inicio reptil y puede vencerlo.

Cátaro viene de “catarsis” y uno de los significados de este término es la “recuperación del estado original”.

Así como físicamente el hijo es fruto de la unión del padre y de la madre, espiritualmente sucede con el nacimiento del alma, engendrada por una gota de Amor Superante del Padre Celestial en el Seno de Nuestra Madre Divina. Ambos son Uno, inseparables, y al mismo tiempo cada uno es la manifestación de una hipóstasis diferente y complementaria. Así, Ella es expresión del arquetipo femenino, materno, que da a luz y nutre, sostiene, consuela y guía a sus hijos hacia el Padre, siendo Él manifestación del arquetipo de Caballero que lucha contra el mal con la fuerza de Kshatra, la Bondad, da el impulso para la vida, abre paso y guía con profundo enternecimiento.

Como hijos espirituales de nuestro Padre y Madre Celestiales tenemos el potencial de manifestación de dichos arquetipos.

El mundo material es un reflejo y consecuencia del mundo espiritual. Así, el alma que desciende a la Tierra manifestará físicamente la hipóstasis que mejor le ayudará en la misión que viene a cumplir, principalmente crecer en el amor puro, divino y sin condiciones.

Como una semilla contiene el potencial del árbol que puede llegar a ser y necesitará unas condiciones adecuadas para desarrollarlo así sucede con el hombre para poder abrir el potencial extraordinario que guarda en su interior.

La naturaleza bondadosa, que participa de las leyes de Arta, del Universum Bondadoso, como un cuerpo en armonía con las divinidades y seres que lo habitan, facilitan al ser gestado la seguridad, la nutrición, el consuelo que necesita y, ya nacido, la leche materna se irá adaptando cada día a las necesidades del bebé para mantenerse sano.

Igualmente Nuestra Madre Celeste gesta a sus hijos en su seno, les da nacimiento y les nutre con su leche imperecedera a través de sus esferas virginales, las vibraciones contenidas en su verbo, su música, su hermandad…

Este estado ideal para el desarrollo del potencial teohumano espiritualmente precisa la unión del hijo con su Madre y Padre Celestiales y para ello el niño necesita encontrar estos modelos reflejados en sus padres terrenales. Pero el lugar de nuestra Madre y Padre Bondadosos fue usurpado por el padrastro y madrastra mimetizadores, llevando a la humanidad al estado actual de orfandad.

Como consecuencia de la usurpación del trono paterno en el interior del hombre, en el Mundo se instauró el Patriarcado, un sistema social reflejo de la naturaleza del padrastro que se autonombra Dios, que habla de amor bendiciendo la guerra, de tolerancia que permite el mal, mimetiza la fuerza de la bondad con la fuerza de la violencia y la guía enternecida con la imposición tirana. Así actúa el mal, aprovecha los valores del bien, los usurpa y los desnaturaliza para su propio interés y poder. Somete a los “hijos” y a la naturaleza para su propio provecho e imprime esta visión y forma de actuar en aquellos que le reconocen como padre.

Como reacción a este espíritu agresivo, que igualmente somete a la mujer, surge el Matriarcado. La adversaria de Madre Divina, Lilith, ofrece al Mundo su visión, su fuerza, su espíritu para luchar contra el padrastro. Como adversaria y mimetizadora de Madre Divina, se muestra como madre pero no nutre, calefacta y usurpa, no guía hacia el padre, sino que lucha por quitarle su fuerza y ocupar su lugar.

Los jóvenes, al mirarse a sí mismos y a su entorno en la búsqueda de una identidad que les otorgue un sentido de pertenencia al grupo, a la sociedad, frecuentemente no encuentran modelos coherentes ni ideales nobles en los que reflejarse, por lo que aceptan a veces la imagen de quienes se oponen con rebeldía a lo socialmente establecido, que no suele ser más que una nueva opción aportada por el padrastro para usurpar a las almas.

El nacimiento de una nueva sociedad unida por lazos cordiales pasa por la recuperación del arquetipo, no solo en los valores elevados propios del ser humano, sino en la manifestación de las hipóstasis del Padre y de la Madre del Puro Amor, que expresan en la adoración, más allá de la igualdad entre géneros, la capacidad de morir por amor.

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