¿Existe la muerte?

 

 

 

 

 


El ser humano a lo largo de su vida se pregunta: “¿Por qué existe la muerte? ¿Qué habrá después de morir? ¿Hay algo más allá?…

Según la tradición del Catarismo, la muerte es una “tragedia” causada por el remodelado de adaptación: a consecuencia del cual el teohombre inmortal pasó a ser un homo sapiens mortal.

Los perfectos cátaros veían la muerte como consuelo (consolamentum).

Este misterio es muy importante en el camino espiritual: superar la suma de los miedos cuya fuente es el miedo a la muerte, como uno de los sellos fatales del remodelado de adaptación. Para el demiurgo, las mayores virtudes son el “santo” temor a dios (Proverbios 1:7)  y el miedo a la muerte. Temiendo al demiurgo, se teme a la muerte. Y en él está este miedo, está paranoia: Tánatos.

Así pues, los hombres y mujeres deben superar en su andadura el miedo a la muerte ya que este es la fuente de todas las demás fobias, traumas, heridas psíquicas. Y sólo entonces, venciéndolo, empieza la alegría espiritual. Pero antes tenemos que revisar muchas cosas, nuestro “tesoro mental”, todo nuestro modo de pensar, quizás invertirlo todo.

Esta superación del miedo a la muerte lo ilustra muy bien el ejemplo de los cátaros de Montsegur que, tras más de 9 meses de asedio, después de incontables torturas e interrogatorios, los inquisidores organizaron tres hogueras. 150 perfectos e inmortales ardieron en el fuego en nombre del Padre del puro amor…

¿Qué fue de ellos? En el corazón de los inmortales se insertó una llama inextinguible. ¿Acaso pueden ser quemados los cuerpos inmortales?

Aceptaban la tortura voluntariamente por amor a los verdugos y los convertían con los milagros del amor… Y en el momento en que los inquisidores, sin poder disimular su impotencia, ahogados en su fiebre histérica, preguntaban a sus víctimas en qué consistía el secreto de sus fuerzas, éstas contestaban con una sola palabra:

— En el amor… por encima del cual no hay nada más alto, no hay nada más hermoso, no hay nada más puro.

La muerte bajo el cielo de Sofía Pronoia

 

¿Cómo ver la muerte, como amiga o enemiga?  Ocurre que bajo el cielo de Sofía Pronoia, de la providencia bondadosa, es necesario revisar la visión convencional del mundo sobre la muerte. Es importante mostrarla según Sofía Pronoia: no unirla con el mal, con el castigo, ni con el juicio porque en sus esferas no hay nada de todo esto.

De ahí la importancia de vivir en la tierra según los estatutos del buen universo para no experimentar la muerte como algo trágico sino -al contrario- como un tránsito pacífico y bienaventurado que se da para cada alma en su momento más adecuado (no de manera forzada o buscada) y previsto desde lo alto.

Por el contrario, para quienes se aferran a la mala providencia la muerte es enemiga, un castigo, algo trágico, pues se desmorona todo lo que se construyó para el orden perecedero de este mundo.

El miedo a la muerte no puede ser vencido mientras se vea a ésta como enemiga.  Según el credo del genial Mozart, la muerte es amiga. Si en la versión convencional la muerte separa lo que la vida unió, en la versión de Mozart ocurre al revés: la muerte une lo que la vida ha separado.

¡Es el teomatrimonio, la vuelta al hogar paternal, la vuelta a casa y con ello la alegría eterna!

La muerte como amiga

Para comprender de qué se trata es necesario aprender algunas de las tesis fundamentales de los inmortales, cuya enseñanza en su integridad es universal y procede de Hiperbórea.

Según la doctrina bíblica el hombre no tiene en absoluto ninguna relación con el cielo, está modelado de la nada, del polvo y del barro, tras lo cual insuflaron en él el espíritu elohímico  (Génesis 2:7), etc. ¡El modo de ver el mundo de los inmortales contradice diametralmente la versión del hexámeron! Leámoslo con atención.

  1. El hombre procede del cielo. Engendrado desde el principio de los tiempos, permaneció durante milenios en las beatitudes inenarrables, sin empobrecerse, multiplicándose. Pero llegó un momento en que los teohombres, es decir, las divinidades- en particular las de los cielos inferiores-, sintieron incomodidad. Empezaron a tener angustia.
  1. Una determinada parte de los espíritus inmortales pecaron ante la faz del Padre bondadoso- fueron tentados de separarse de Él por otra perspectiva: otro dios, otra vida, otro amor…-. Como consecuencia, el Padre permitió el exilio del alma a la Tierra.
  1. Nuestro Altísimo podría haber suprimido la muerte, pero no lo hizo, ya que no quería la reclusión eterna del hombre en este habitáculo cerrado como campo de concentración omnihumano pasional de tres dimensiones, en los hormigueros de las megápolis actuales que agrupan a tantos millones. Tiene añoranza por sus hijos y sabe que los hijos también tienen añoranza por su Padre.

El Padre añora a Su hijo. Es la importantísima experiencia que vence el miedo a la muerte. El Padre no puede estar sin Su hijo (hija): los añora y los llama a Sus brazos. ¡De ahí el concepto de la muerte como retorno al hogar paternal! El Padre ama tanto que no puede soportar la separación por mucho tiempo.

  1. En cuanto al cáliz pecaminoso, hablando en términos teológicos, éste se redime y los terrestres regresan a los cielos de donde han venido.

¿Como comprender esto? El alma se separa de su fuente originaria. Pero, engendrada por su Padre, para siempre seguirá siendo una sola con Él, fundida con Él. El Padre provoca una separación temporal, pero al mismo tiempo sigue siendo inseparable y unido. ¡No abandona al alma, sino que desea que ella, al pasar los desiertos terrenales y campos de concentración, empiece a anhelarle a Él!

Estos son pilares de reflexión que debe asimilar el hombre en su avance espiritual. La separación es más bien espacial, para la unión aún más grande, para la unión aún más íntima. El Padre sufre la separación y también la sufre el hijo y la hija. El novio sufriente, la novia sufriente… ¡Pero en el Tálamo nupcial habrá un festín indescriptible!

Los antiguos sabios enseñaban:

“No hay que apenarse por los difuntos beatos. Ellos regresan al hogar paternal. ¡El Padre anhela acogerlos y, en cuanto a ellos, se hacen bienaventurados al pensar que les espera el encuentro con su querido Padre!”

La muerte no era un castigo ni el término de un ciclo singular de vida, sino la SALIDA A LA LIBERTAD, el regreso a los lares nativos, a los brazos de los amantes Padre y Madre, hermanos y hermanas. El nacimiento, al revés, se consideraba sospechoso y les causaba dolor. Según las ideas hiperbóreas, este mundo está corrompido. El hombre pertenece al mundo superior. Él siente la llamada del mundo eterno de donde ha venido.

¡Como contradicen estas reglas a la psicología actual del homo sapiens centrada en este mundo!

Las ciudades-sepulcro etruscas

La actitud de los etruscos hacia los difuntos es única y sumamente interesante. En Etruria, como en otros buenos pueblos, no quemaban a los muertos ni los enterraban en el suelo, sino que ponían los cuerpos en casas-tumba. Una necrópolis etrusca era una ciudad-sepulcro, cuyas calles eran tan anchas que un carro podía pasar fácilmente. Los familiares visitaban a los difuntos, les traían comida, les leían libros (las bibliotecas estaban situadas al lado de estas casas-tumba).

El propósito del entierro en las ciudades-sepulcro sagradas era: ayudar a transferir a los difuntos a los cielos elevados donde habitan las buenas divinidades.

¡No había muerte! Esta se consideraba como la transición a un mundo nuevo. Los etruscos creían que se sumergían en un sueño letárgico, durante el cual entraban en las esferas divinas, donde se despertaban y continuaban su vida… Y unos años después del letargo, el alma podía descender al mundo como una deidad, es decir, de modo encorpulado (encorpulación, encarnación divina), no encarnado (encarnación).

Las ciudades-sepulcro subterráneas se construyeron en lugares designados desde lo alto, de acuerdo con la topografía sagrada, según los planos de origen sobrenatural. El cielo sobre estas ciudades-sepulcro sagradas estaba abierto.

La reencarnación no unívoca.

El catarismo enseña que el alma, cuando regresa a la tierra, puede reencarnarse de forma no unívoca. No es la mirada tibetana, ni la del karma, ni la de la metempsicosis o de los antiguos griegos, que consideraban la transmigración del alma del hombre a un animal como degradación, sino otra, bajo el signo de la Buena Providencia: el autodesarrollo y el perfeccionamiento infinito hasta el grado de divinidad.  Bajo el signo de Sofía Pronoia el hombre puede, conscientemente, elegir su destino.  La elección consciente del alma con el objetivo de desarrollar el potencial del bien. Esta visión curativa de ver a dios, al hombre y a todo lo vivo, cambia los destinos del mundo. 

Así, en los rayos de Sofía Pronoia, el ciclo de las divinidades, de los hombres, las aves y otros animales -de todos los seres terrenales-, sirve para el desarrollo personal y perfeccionamiento infinito hasta el grado de divinidad. Bajo el signo de la Bondadosa Providencia el hombre puede escoger conscientemente la mejor forma para su próxima vida, la encarnación o la encorpulación entre los seres terrenales fuera de la ‘recompensa kármica’.

Por ejemplo, la encarnación como un perro doméstico puede ser preferible a la humana. Se pueden dar miles de argumentos que demuestran por qué algunas almas lo prefieren así: el perro doméstico está menos influenciado por el remodelado de adaptación, tiene más lealtad, pureza, bondad y es capaz de sacrificarse en mayor grado. Así, el destino de un buen perro, caballo, vaca u otro animal de marca sacrificial puede ser más elevado que el destino de un hombre. Pero a su vez, el destino del hombre también es más elevado, es capaz de hacer más que un perro. Tal es la mirada no univoca de la encarnación. 

¡El alma, en su siguiente vida, puede aceptar la imagen de un buen animal sin que ello suponga un retroceso en su desarrollo espiritual!

BAJO LA EJIDA DE PRONOIA, LA ENCARNACIÓN SOLAR NO SUPONE EL DETRIMENTO DE LA MONADA ANTERIOR (HUMANA), SINO EL DESARROLLO DE LA DIVINIDAD EN ELLA.

Otro ejemplo: También el alma puede preferir la encarnación en un delfín. Este es un ser absolutamente superior al hombre, inmaculado, exquisitamente bondadoso, sin ningún mal ni lujuria. El alma dice que ya no quiere llegar a una megápolis europea para ser contratado como un miserable funcionario tesorero-tenedor de libros, con su familita, y tolerar sus cruces familiares. No, ella quiere simplemente ser un delfín nadando en mar abierto, sirviendo al ser humano.

En la versión farisaica del cristianismo, la reencarnación es rechazada. Tíbet la comprende como la metempsicosis (transmigración de las almas). La imagen cátara de la reencarnación presupone un camino ascendente. Muchas almas deciden no quedarse en los cielos mientras haya otras que estén sufriendo en la Tierra. Anhelan multiplicar la experiencia de su pasional y traer consigo al menos unas “compañeras de viaje”, liberar cuantas más almas de la esclavitud de Satanás. Ellas saben absolutamente que el Padre no las va a abandonar.

La perspectiva de la reencarnación hace al alma valiente. Éste permanece en una dinámica incesante, ascendente y descendiente, hasta que no sea liberado todo su potencial divino y hasta que la última alma no se libere de las redes de Lucifer saliendo así de los marcos adormecedores y rutinarios de la “eternidad”.

                                               Fuente: articulo extraido a partir de los Libros de Juan de San Grial

 

 

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