Una dulce alegría prendió nuestros corazones de niño esta celebración, algo despertó y nos despierta a un nivel profundo. Se abre a nuestro alrededor el enternecimiento hacia nuestros prójimos, la predisposición natural a nutrir y unirse.

Navidad, natividad, nacimiento del Teoniño que nos recuerda nuestro origen puro y divino y visto desde el catarismo como la oportunidad para cada persona de un renacimiento espiritual con el inicio de un año nuevo, y no sólo de año en año sino también de cada día. Uno de los grandes misterios de Cristo es que anhela nacer en cada uno de nosotros con la manifestación del Espíritu pero para ello hay que prepararse muy bien, hay que purificarse.

En los brazos de la Madre Divina está el Cristo que habita en el interior de cada hombre, esperando volver a nacer aquí y ahora de Su seno purísimo.

 

En la noche del 24 de diciembre celebramos el nacimiento del Sol, cuando la oscuridad comienza a retirarse porque la luz empieza a crecer cada día un poco más. Espiritualmente este sol es Minné, el fuego del Amor más elevado, nuestro Padre celestial bondadoso que habita en nosotros y anhela despertar y prender en nuestro corazón, primero como una velita y poco a poco crecer hasta llegar a ser candil que ilumine a todos. La inmundicia se va de nosotros cuando se despierta en nuestro interior el fuego de Minné.

Esta es la auténtica vela arquetípica de la Navidad, sustituida por luces eléctricas que llenan las calles y centros comerciales, intentando hacer creer que calman el frío interior.

 

Es entonces, al prender la vela interior, cuando se revela el rostro de Nuestra Madre Teoengendradora y éste es el dulce anhelo que despierta la Navidad. El mundo puede perecer alrededor de un bebé en brazos de su madre bondadosa pero él se mantendrá seguro y en paz profunda. ¡De qué manera el alma clama a su madre en momentos de profunda soledad y desierto, cuando no hay esperanza! En lo más recóndito sabe que sólo Ella puede ayudarle.

Hoy la humanidad más que nunca necesita de Su amparo y guía. ¿Qué sería de un bebé sin su madre? El mundo tecnocrático intenta separar a los niños de sus madres, hacer creer a éstas que su auténtica realización está en el mundo laboral, que su niño le limita y él puede ser atendido por brazos ajenos que atienden como buenamente pueden a muchos otros como él. Y la desolación interior crece para esta humanidad huérfana de madre terrenal y celestial.

Pero este estado es silenciado por las ocupaciones que nos impone este mundo anestesiado por los sucedáneos del auténtico amor, alegría, unión… de las que el alma necesita nutrirse. Inmerso en una conformidad silente el hombre se cree dueño de su voluntad, cree realmente que sus elecciones son fruto de su libertad interior. Pero esta gran quimera le cierra la oportunidad de encontrar la auténtica libertad.

El alma siempre es guiada por el espíritu y éste, como emanación de la fuente, contiene y expresa sus virtudes. Cada pensamiento, palabra, acción… es fruto del impulso del espíritu. Pero ¿qué espíritu? ¿De qué fuente procede aquel que despierta en nosotros pensamientos sombríos, intenciones egoístas, autodestructivas…? Nunca de la fuente luminosa, del universum bondadoso. El espíritu mezclado de este mundo que justifica el mal y lo mimetiza como bien gobierna nuestro mundo interior y exterior. Pero ¿por qué, si la mayoría de la gente es de corazón bueno y realmente anhela el bien en el mundo no consigue ser guiada por el espíritu bueno, sin mezcla? Este emana de nuestra Madre y Padre Celestiales, que son Uno. Pero en el proceso de aceptación del mal interior el teohombre se separó de su Madre y su Padre Celestiales, rompiéndose los hilos dorados de unión profunda, cerrándose el pabellón auditivo cordial, dejando así de oír la voz de la Sabiduría Divina que le guiaba hacia destinos luminosos y aceptando el oído y visión interiores del espíritu mezclado.

 

La Madre Misericordiosa y Bondadosísima no ha dejado de hablar a sus hijos, de mostrarse a ellos a través de diferentes imágenes para poder ser reconocida según el arquetipo de cada pueblo. Pero solo quien ha vencido el mal en su interior puede oír la voz de su Madre Celeste y ser guiado por Ella. A lo largo de la presente civilización mezclada grandes almas purísimas, llenas de Espíritu Claro, han venido a la Tierra con la gran misión de transmitir a la humanidad el mensaje de su Madre Divina. Sólo a través de ellos puede recuperar la unión con sus hijos, sólo a través de ellos nuestra Madre puede darnos la mano y guiarnos. Hoy, la suma del mal mundial acumulado es crítica, estas grandes almas ungidas por la Sabiduría y guiadas por Ella preparan una gran barca de salvación cuyo destino es la Teohumanidad. Y a través de su ungido padre Juan, como timonel de la barca blanca, Ella nos guía, nos nutre, nos modela, sosiega, diviniza, nos habla:

“Mis hijos queridos hoy conducen detrás de sí a la justa humanidad de la Tierra! Con vosotros hay miríadas de ángeles bondadosos y cohortes caballerescas de guerreros que no perdieron ninguna batalla.

Estoy con vosotros, ya que mi amor hacia vosotros, tal y como sois, es aún más fuerte que en los cielos.

Despertad del sueño materialista y seguid mi cetro gradulacional de guía para que se cumplan nuestros más luminosos trazados en la humanidad, y las fuerzas del mal retrocedan tras reconocer su derrota definitiva.

Soy vuestra Madre amante y fiel.”

… y Ella, incondicionalmente, nos tiende su mano.

 

 

 

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