Más allá de los tiempos ha habido un camino común transitado por millones de buenas personas, buena gente cuyo alto motivo ha sido una vida con los principios de la bondad.

 

Pueblos puros como bogomilos, cátaros, teogamitas eslavos, gnósticos cabalistas conocían muy bien este camino espiritual y sus misterios.

 

Existen los cielos puros e intachables donde no tiene cabida ningún mal. En estas altas dimensiones habitan el Padre y la Madre del Puro Amor. Cada alma nace de la última gota del Padre Intachable en el seno de la Reina Celeste. Este es el gran misterio de nuestro origen, ésto es lo que los cátaros denominan el misterio del cielo.

 

El alma viene a la Tierra para enriquecer sus compuestos y para su futura Divinización. Este es el misterio de la Tierra. Es decir, a través del primer misterio comprendemos que todo lo que nos ocurre en la Tierra es la consagración a la iniciación en el Universo Luminoso. Cuando  sufrimos humillaciones, persecuciones, ofensas, cuando enfermamos o cuando pasamos por las puertas de la muerte, todo esto tiene un sentido. Todo sirve para que a través de la iniciación del pasional, de que a pesar de todo, ser fieles a nuestros principios originales bondadosos y no responder al mal con el mal, poder alcanzar el Universo luminoso de la Providencia buena

 

El gran misterio del hombre es que en él está la perla inmaculada original. En el ser humano esta la potencia pura bondadosa de nuestros padres celestiales. Es nuestro legado y nuestro tesoro divino. A través de una búsqueda sincera espiritual, y ser fiel hasta lo último a sus principios, el hombre halla la corona de vencedor al recuperar su Inmaculadez y regresa a los cielos puros, al seno de sus padres celestiales.

 

Pero aquí no termina todo. Una vez en el seno Teopaternal el alma languidece observando con gran misericordia como sufren sus hermanos en la Tierra y con el corazón encendido de puro amor desciende de nuevo en hermosos cuerpos puros, en una perspectiva luminosa bonhómica; o  más  aún, la mesiánica o bodhisátvica, al hacer la promesa de descender de nuevo a la Tierra hasta que la última de las almas se libere de las redes engañosas, y el príncipe de este mundo sea echado fuera de una vez por todas.

 

Que grandeza y sublimidad encierran estos misterios que profesaban los pueblos santos que han habitado la Tierra. Todos ellos, a través de su vida y ejemplo, han sido mensajeros vivos del origen celestial puro del hombre.

 

Conociendo estos grandes y sublimes misterios sería un error creer que el catarismo, bogomilismo u otras formas de esta espiritualidad proceden de alguna reforma o de alguna rama de las religiones principales fundamentalistas ya que proviene de raíces completamente diferentes. Podemos verlo en el elevado enfoque del origen del ser humano, de su perspectiva del paso por la Tierra y del objetivo conciliar final de servicio desinteresado, de la unión de los corazones. Comparándolo con los diferentes enfoques religiosos fundamentalistas vemos que es completamente diferente.

 

También sería un grave error fusionar el camino de los cátaros con la visión sintética del tipo Nueva Era que defiende la unión de todas las doctrinas.  El catarismo habla de dos universos inmezclables espiritualmente, el bien y el mal. Mientras el mal no sea vencido en el interior y el reflejo de esta victoria se manifieste en el exterior, la unión de la que hablan los “modernos espirituales” es solo una ilusión, es una trampa, es imposible.

 

El catarismo constituye una nueva revelación, grande y salvadora que está mas allá de los caminos religiosos y de las vías modernas de la nueva era. Es un tercer camino vivo y práctico de cada día, de cada hora, de una espiritualidad arquetípica que supone la recuperación de los pilares que sustentan el alma y que le devuelve la gran soberanía de la capacidad de elección y la hace partícipe en una transformadora revolución espiritual en la historia del mundo

 

 

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