Originalmente el caballero es un guerrero que está únicamente al servicio del bien y, por tanto, emprende la lucha contra el mal. Los héroes, Caballeros de la bondad, siempre han defendido a los inocentes y los perseguidos. Las leyendas cuentan cómo luchaban contra dragones, serpientes, brujos, tiranos, malvadas y todo tipo de seres monstruosos que simbolizan el mal.

 

Precisamente este enemigo ‘figurado’ —que no irreal— indica que su lucha no se basaba en un derramamiento de sangre sino en una batalla a nivel espiritual. El dragón es una metáfora de la fuerza del mal; el brujo simboliza el engaño, la hipnosis, las trampas engañosas que desvían al alma del buen camino. El tirano representa al usurpador violento, al que domina con poder, atemorizando, acallando y paralizando a los pueblos; mientras que la bella malvada es el poder de la magia de la seducción.

 

Así, el verdadero caballero no se enfrenta a una persona para abatirla, sino a las fuerzas del mal, a las que no tolera. Tiene una espada que no derrama sangre, es la espada de la piedad justa y la pureza, de la ausencia de rencor. Sus victorias las alcanza dirigiéndose siempre hacia el bien, sin hacer uso de la agresividad o violencia: es decir, vive según la máxima de no responder al mal con el mal. Esto es clave, porque cuando no se responde al mal con el mal se está impidiendo que el mal se multiplique y tome fuerza. Allí donde casi no es posible, donde todas las circunstancias son adversas, el caballero, en lugar de rebelarse hace un sacrificio y derrama bondad. ¿Qué significa esto a nivel espiritual? Pues que el caballero comparte la cruz del prójimo, toma sobre sí parte de su pesada carga y no responde con rencor. Entonces se multiplica la bondad.

 

Claro que para realizar esta gran hazaña debe estar atento, haciendo esfuerzos constantes, sirviendo al prójimo activamente. Y siempre presto para la batalla. Se enfrenta al miedo a morir todos los días, vence y solo después llega la sobreiluminación.

 

La lucha del caballero en primer lugar va dirigida contra sí mismo, contra el mal que lleva en su interior. Por ello tiene el valor de querer conocer la última verdad sobre sí mismo. Permite que entre la luz de la Sabiduría y de la Bondad, irradiando y dejando a la vista toda su oscuridad interior, para después, con esa luz, expulsar y quemar todo aquello que le molesta y le impide mejorar. Este difícil y a veces doloroso proceso lo realiza con el fin de prepararse para una lucha superior, ya no por una verdad personal, vital o una causa social, sino por la libertad verdadera para todas las almas, fuera de las leyes y condicionamientos terrenales, según los estatutos del Univérsum del bien.

 

El bien, la vida, la luz, el amor, la verdad, la sabiduría y la bondad son los valores por los que se han regido los pueblos pacíficos y los buenos gobernadores que les guiaban: ancianos blancos, sabias ancianas, reyes justos, nobles damas y caballeros, druidas, etc. En otros tiempos, la buena gente sabía que los ideales luminosos del bien son incompatibles con los del mal, por lo que era importante guardarlos. Era de vital importancia para el mantenimiento de la paz y prosperidad que cada miembro de la comunidad, cada hombre y mujer, fuese un caballero de la bondad.

 

Muchos son y fueron los que se atrevieron a pretender el título de caballero, a muchos indignos les es concedido este noble título por hacer favores a los poderes del mundo, defender sus instituciones y ser promotores de guerras. Esta es la figura del caballero vuelta del revés, totalmente tergiversada. Ni condecoraciones ni distinciones honoríficas ni bandas de tafetán ni broches hacen al caballero, sólo el corazón noble, valiente, puro y bondadoso que brilla como un sol iluminando todo a su alrededor.

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