¿En que consistió la esencia misteriosa de María Magdalena? Sí, sabemos que fue maestra, guía instructora, conocedora de grandes misterios espirituales, heredera de Cristo, custodia del Grial, discípula de María… Pero su singularidad consistió en que pudo aceptar en su corazón la PLENITUD del amor, un amor vivo, real, dedicado, activo. ¿Qué quiere decir vivo? A continuación trataremos de plasmar lo que quiere decir, pero para empezar queremos diferenciarlo del amor de pensamiento, particular, personal; y por lo tanto abstracto, limitado, temporal o condicionado.

La existencia de este amor era tan evidente que solo su presencia conmovía a las personas. Sus corazones se enternecían al recibir este amor en forma de la vibración tan elevada que transmitía: en forma de olas, como una música silenciosa, inundaba todo a su alrededor. Bastaba con estar cerca de ella, permanecer en su esfera, para que el ser interior se cambiase, incluso hasta hacer una metamorfosis positiva: despertaba su potencial divino, se iniciaba en la sabiduría superior, y podía llegar a nacer de nuevo.

María Magdalena, al haber conocido y experimentado la revelación del amor supremo y puro, podía colmar con este amor a todos los que venían a ella pidiendo ayuda, independientemente del estado en que se encontrasen. Toda persona era merecedora de ser contemplada bajo la luz de la pureza con su mirada sagrada: veía la belleza, pureza, bondad en cada uno: el yo verdadero, original, solar.

Al experimentar este consuelo, muchas personas quisieron convertirse en discípulos suyos. Entonces María Magdalena los preparaba para convertirse en receptores de este grado superior de amor. Ella se transubstanciaba en el prójimo, se unía de modo puro y luminoso, desinteresadamente. Y es a través de una unión, un matrimonio espiritual entre las almas, que este amor sagrado y absoluto se trasvasa de un corazón a otro. El alma vive entonces en el prójimo, permanece unida a él, le sirve. Uno sirve al otro, está en unión con el otro… y la humanidad se convierte en una gran fraternidad.

Con esta perspectiva luminosa sobre el otro, se le ayuda a vencer  las pasiones oscuras, los pensamientos malos, la mentira  y otros tantos venenos como el rencor o el juicio. Como es de suponer, la unión pura se da a condición de cultivar la pureza el interior. Tras recibir una iniciación en la sabiduría universal, se ha de adquirir el discernimiento sobrio, estar en continua vigilia espiritual, realizar catarsis.

Pero este proceso sería imposible sin encontrar un espejo sagrado en el que se pueda ver el alma. Y en esto consistía la fuerza de María Magdalena. Era una manifestación perfecta del amor celestial, la unión y la transubstanciación en el prójimo.

No necesitaba hacer uso de la palabra para comunicarse. Su escuela, fue una escuela sin dogmas ni cánones ni libros. Ilustraba con su ejemplo vivo de amor, con relatos verdaderos sobre su propia experiencia. Si pronunciaba sabios discursos, era en respuesta a las muchas preguntas que le planteaban científicos, ilustres poetas, escritores o filósofos. María veía muchas de estas preguntas como innecesarias, pero respondía con humildad, diciendo que era la Sabiduría la que le dictaba estas respuestas y lo hacía como prueba de que quien posee el amor superior posee también el horizonte de todos los demás conocimientos; de la misma manera que para quien está cerrado el amor, le está cerrado el verdadero conocimiento.

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