En 1147, Éverin, un monje de la abadía de Steinfeld, dio testimonio acerca de una particularidad interesante del movimiento cátaro: el notable protagonismo que alcanzaron las mujeres en todos sus niveles, en contraste con lo que ocurría en la Iglesia católica oficial.

Los registros medievales contienen muchos ejemplos que ilustran el interés y la atracción de las mujeres occitanas por el catarismo. Muchas de ellas acudían a las prédicas de los ‘buenos hombres’, otras iban mucho más lejos y se hacían miembros de las comunidades cátaras. Así, hacia el año 1200, las mujeres de la aristocracia de Carcasona y de Tolosa, mujeres casadas, viudas o solteras podían entrar en la Iglesia cátara como ‘buenas mujeres’.

Cada iglesia o diócesis cátara se componía de comunidades separadas de ‘buenos hombres’ y ‘buenas mujeres’. Estas comunidades vivían en casas bajo la autoridad de un ‘anciano’ o una ‘priora’, responsables de su comunidad. Ciertas poblaciones destacan por haber tenido gran número de casas con ‘buenas mujeres’ como por ejemplo Mirepoix con cincuenta casas y Villemur con cien casas, ambas poblaciones en la región de Toulouse.

Al ingresar en una de estas casas-comunidades, la ‘buena mujer’ seguía un período de preparación —que podía variar entre varios meses y tres años— en el que aprendía los buenos estatutos de la pureza y de la verdad. Durante la ceremonia de consagración, el consolaméntum (el consuelo del Espíritu Santo), tanto la ‘buena mujer’ como el ‘buen hombre’, daban sus votos de virginidad y de misericordia, de ascetismo y pobreza, de abstinencia de alimentos carnales, de leche y sus derivados. Además, las iniciadas podían practicar ayuno durante cuarenta días tres veces al año.

Las casas cátaras estaban muy lejos de ser conventos de clausura. Situadas en medio de las ciudades estaban abiertas a la sociedad y participaban de la vida social de la época: constituían verdaderos talleres especializados en una profesión u oficio como tejedores, curtidores, etc. Otras casas servían de hospicio para los viajeros y los pobres o bien de hospital para los enfermos.

En el ritual cátaro occitano, redactado en torno a 1250 se decía: ‘Este santo bautismo (consolaméntum) se ha transmitido de ‘buen hombre’ a ‘buen hombre’ hasta hoy, y la Iglesia de Dios lo conservará hasta el fin de los tiempos’. Belíbaste, el último ‘buen hombre’ que murió en la hoguera en 1321, afirmaba que ‘este sacramento se ha transmitido igualmente de ‘buena mujer’ a ‘buena mujer’ porque hay ‘buenas mujeres’ como hay ‘buenos hombres y uno puede salvarse tanto por ellas como por ellos’.

En los tiempos de persecución del catarismo, sobre todo a partir de la creación de la Inquisición, muchos testimonios informan de la vida errante y clandestina que llevaban las ‘buenas mujeres’, temiendo en todo momento ser denunciadas. Igual que los ‘buenos hombres’ ellas también iban siempre en compañía de una ‘socia’. En su vida errante podían acudir a la casa de algún miembro de la familia y ‘bendecir el pan’ antes de cada comida. Del mismo modo las ‘buenas mujeres’ como los ‘buenos hombres’ recibían el saludo ritual o melioraméntum, triple inclinación y triple demanda de bendición que los creyentes solicitaban al encuentro de los cátaros. Los inquisidores llamaban a este rito la ‘adoración de los herejes’. Los últimos ‘buenos hombres’ llegaron a afirmar que ‘todas las almas son buenas e iguales entre ellas y que el diablo había sido el responsable de la diferencia entre ellas cuando fabricó los cuerpos’.

 

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