Los cátaros hablaban de Minné, el amor que vence a la muerte, la vida en el amor que da la inmortalidad.

¡Qué confusión tan grande hay hoy en día frente al amor! El hombre que escucha la siguiente paradoja:   “el amor lo es todo” o  “no solo del amor vive el hombre” vive a merced de principios opuestos que destruyen la base original de la vida.

Frente al principio “ama al prójimo como a ti mismo”  o  “ama a Cristo como a ti mismo”  divulgado tanto por las religiones institucionales como por los caminos de la Nueva Era, se abre desde  las corrientes  cátaro-bogomilas y procedente de los pueblos buenos de la Tierra el “ama a tu prójimo más que a ti mismo”, que conlleva liberarse del yugo egoísta del amor a uno mismo como primordial objetivo. De este exceso ególatra que ya domina el sistema de valores de nuestra sociedad actual, nace el ser humano limitado en su huevo-cascara, un individuo miserable, pobre de espíritu centrado en sí mismo y separado del prójimo. Imposibilitado en el desarrollo de su potencial divino y perdiendo, de igual manera, su potencial humano.

Anteponerse a sí mismo frente al otro es la trampa de muchos caminos espirituales actuales que abogan por una vida narcisista enfocada en el  individualismo y la presunción. Esta visión nunca podrá ser la base de la vida espiritual, en ella no hay Minné, no existe el auténtico amor  al que el hombre aspira, solo existe un amor ficticio y vacuo.

Este sistema de pensamiento implantado por la Nueva Era contiene el siguiente dialogo interior: “Tengo que estar bien conmigo mismo para poder tener pareja y amar a otro. Me amaré más a mí mismo, así tendré más fuerza y seguridad, seré más atractivo para las personas, podré tener más éxito”. “Si no tengo amor a mí misma, me juzgo por no conseguir mis metas en el trabajo, con el dinero, con la pareja, cómo voy a amar a otros”. “Si no me gusto tal  y como soy, si veo que me faltan muchas cosas para ser feliz y tener éxito, cómo voy a hacer feliz a otros”.

La persona que piensa de esta manera necesita sus retiros solitarios que lo aíslan y ensimisman, cierran su corazón, acrecientan su narcisismo y su mente se llena de pensamientos que le roban todo y lo  enloquecen. El que disfruta de su soledad y se recrea en su útero puede que acabe en el abandono del geriátrico en el mejor de los casos, y en el peor  absorbido por alguna enfermedad grave, por barbitúricos o antidepresivos.

¿Qué destino depara al ser humano que acepta el ensimismamiento propio del “amate primero a ti mismo”?

La clave para el amor a nuestros prójimos no es amarnos primero a nosotros mismos sino cambiar la visión que tenemos de nuestros allegados. Normalmente vemos los errores en los demás, echamos cosas en cara, nos recreamos viendo sus debilidades y esta mala visión hace que el amor no pueda manifestarse en nuestras relaciones. Nos molestan sus debilidades. Acumulamos rencor y creemos que nuestra ofensa está justificada. Normalmente nos enfocamos en lo malo en los demás y muy pocas veces vemos lo bueno que tienen. Esta actitud impide el amor. El que vive en el amor mira con ojos puros sin juicio y sin rencor. Mira cada día como por primera vez, no guarda el resentimiento de ayer y siempre da oportunidad para que de nuevo se restablezca la unión sincera en las relaciones. Como un niño pequeño que se irrita  y en cinco minutos olvida la irritación y vuelve a compartir con alegría y amor. No es que no puedes amar a los demás porque no te amas a ti mismo. Prueba de mirar con ojos puros a tus prójimos, viendo sus valores, sus dones, su potencial bondadoso, su divinidad latente, su sufrimiento  y así podrás amar a él. Ahora si vemos a los demás con sus errores,  sus defectos y debilidades así no podremos sentir el amor por nuestros prójimos.   Si además solo observas  al prójimo como un espejo donde reflejarte y proyectar tus complejos, recreándote en ti mismo como una peonza o un perrito que solo ve su colita, gira y se divierte intentando agarrarla, entonces siempre será difícil el amor. Es más, solo podrás amarte cuando veas que eres capaz de amar a tu hermano, que eres capaz del sacrificio, de recorrer grandes distancias, pasarte noches en vela, comprenderle cuando se irrita, golpea, te insulta y no tenerle nada en cuenta.

O a través de los demás me observo, me conozco,  me desahogo, me consuelo, me conformo, me autoengaño, me ensimismo y finalmente me deshumanizo. O a través de los otros abro mi corazón, aguanto, no espero ni desespero sino doy, doy y doy. Solo así me vuelvo más y más bueno y finalmente resurge  en mí de nuevo lo humano y divino perdido.

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