Yolanda y Vaudemont Esta historia habla sobre el descubrimiento y el regreso al Sagrado Reino del Santo Grial. El alma, al venir a este mundo después del remodelado de adaptación, ni siquiera sospecha que está ciega, que existe el amor supremo y las flores sobrefragantes de sabiduría. Cualquier ser terrestre ha de encontrar una vez al apóstol de Minné, al bodhisattva, Cristo, Buda, en el caso de esta historia en el nombre de Vaudemont. Y entonces comenzará a oírse de las bocas cordiales del caballero-cantor la canción del Santo Grial y el alma se despertará del sueño sonámbulo milenario. Y verá qué hermoso es el mundo, y se llenará de la grandeza inenarrable de la cual está lleno nuestro Padre, el que envía al mundo a los caballeros en el barco dorado. Vaudemont vuelve junto con Yolanda. En la persona de Yolanda es representada la humanidad. El Reino del amor supremo, el Reino del Santo Grial atrae y salva a toda la humanidad.   La acción tiene lugar en el siglo VIII: el tiempo del florecimiento del catarismo, la época de la caballería medieval del Santo Cáliz. En el centro de la narración está la hija del rey Renné, una virgen Yolanda-Atalanta, la más hermosa y eternizadora, afligida y siempre jubilosa. El rey Renné gobierna en Provenza, una de las provincias sureñas de Francia. Provenza viene de providencia. La providencia de las 12 constelaciones del príncipe de este mundo otorga a la princesa de Provenza una cruz pesada: Yolanda está ciega desde su nacimiento. La princesa posee una bondad divina, es sumamente pura y parecida a un arroyo donde se refleja el arco iris y los rayitos del sol. ¡Cuánto vale su voz, capaz de extasiar y consolar a un anciano solitario, Renné! Pero la Gran Máquina Zodiacal —el trono de las 12 constelaciones fatales y maléficas, el remodelado de adaptación— ha condenado a la hermosa princesa a clausura. El rey la esconde en el castillo Fleur d’amour —‘La fragancia del amor’, así puede traducirse el nombre del castillo según la versión original—. Al lado de la virgen ciega están la nodriza Marta y su esposo Bertrán, dos servidores hermosos y fieles hasta lo último; más tarde ellos partirán en un barco dorado hacia el Reino del Santo Grial junto con su señora. —‘¡Oh, nuestra señora es demasiado hermosa para este mundo! Es por esta razón por la que nuestro Altísimo la colocó en este paraíso terrenal, el castillo Fleur d’amour’,— razonaban Marta y Bertrán. El castillo está cerrado para los extraños, y en la entrada está escrito: ‘Cualquiera que viole la voluntad de la providencia y entre aquí, será entregado a la pena de muerte’. Nadie se atreve a romper las prohibiciones de ‘la legislación de Moisés’, del príncipe de este mundo. Sólo puede entrar en el castillo Fleur d’amour aquel que sea capaz de amar, porque la muerte se vence con el amor. La princesa pasa los días conversando con sus amigos, recoge flores, escucha a los músicos. Ella especialmente ama la música. Renné le manda una pequeña orquesta. Yolanda, el alma humana, ¡ni siquiera sospecha que se pueda ver ! Que se pueda contemplar el cielo, las flores hermosas, los prójimos y, al fin, la divinidad con los propios ojos. Pero a los cortesanos les está prohibido hablar de esto. Ellos no pueden desobedecer al rey, y la princesa se queda pura, hermosa e ingenua en su ignorancia. En cambio, Yolanda oye. Ella tiene una visión auditiva. ‘¡Qué hermoso gorjean los pájaros! Yo entiendo su idioma celestial. ¡Y las flores! ¡Sus fragantísimos aromas me dicen tanto! Gustando los aromas de las flores, yo escucho la música del Reino de nuestro Altísimo!’,— exclamaba Yolanda. ‘Cuando tocan los músicos de nuestra orquesta, músicos errantes, yo escucho los maravillosos aromas y los gusto. A través de las vibraciones auditivas, percibo qué hermoso es el mundo. Las flores hablan conmigo’ . La princesa de Provenza adora a su padre. Ella está exenta del mal, y su padre —un maldito notario, legalista, súbdito romano— le parece un ser hermoso. La ocupación preferida de Yolanda estriba en recoger flores, gustar sus aromas y escuchar música. Yolanda ni sospecha sobre el mundo visible, pero de ella se apodera una angustia existencial —los franceses la llaman angoisse, es una angustia universal del alma—. La misma joven no entiende por qué motivo se atormenta su alma. A su lado se encuentran sus amigos fieles, un séquito hermoso, flores…, pero a menudo ella llora y sueña con mundos celestiales. —Marta, ¿dónde está el mundo que yo veo?
. En el estado de las beatitudes extáticas, Yolanda, cansada de recoger flores y llorar, se acuesta.
‘¡Qué hermosa es nuestra princesa! —la nodriza Marta no puede quitar de ella su mirada—. Ella tiene sueños previsores. ¡En sus sueños ve más que nosotros en este mundo!’. 
El orden de este mundo es un sueño dentro de otro sueño, la gran angustia de la humanidad por el amor supremo y la vida eterna, e ilusiones. El encuentro del alma humana con el mensajero de Minné Yolanda, la virgen de belleza pura y de bondad, está prometida desde su nacimiento a Roberto, el duque de Borgoña (frívolo, como el vino de esa región). Al duque, le ocultan la ceguera de la novia. Roberto no conoce a su prometida y, por tanto, no profesa ningún sentimiento hacia ella. El novio de Yolanda se dirige al rey Renné para anular el desposorio. La Princesa de Provenza, a su vez, es demasiado elevada para las cosas mundanas. Ella desea el amor del Bienamado celestial, el amor que no existe en la tierra: Minné . El castillo Fleur d’amour está ubicado cerca de la residencia provenzal del rey Renné. El duque Roberto y su compañero de viaje, el caballero Vaudemont, se acercan al castillo y ven una inscripción: ‘Cualquiera que viole la voluntad de la providencia y entre…’ —¡Vámonos de aquí! Es un lugar maldito. El que entre al castillo, se perderá. —¡No, Roberto! Yo veo la diestra del Altísimo, que está sobre el castillo Fleur d’Amour. Una voz desde lo alto me invita a entrar —contesta Vaudemont. —¡No te atrevas! —le dice Roberto. Mas no puede hacer nada. Escapándose, Vaudemont corre hacia el castillo, sube por los escalones hacia la terraza, mira por la ventana y… ve a la virgen Yolanda dormida, una bodhisattva de belleza no terrenal, una princesa de bondad no terrenal. —¡Oh Dama Blanca! —exclama él—, ¡la Reina celestial!. 
Vaudemont se enamora de Yolanda, está dispuesto a morir por amor hacia ella. —¡Vaudemont! —se oye desde lejos la voz de Roberto—. ¿Dónde estás? Vámonos de aquí. Tú te revelas contra la voz de la providencia. Las parcas, diosas del destino, son vengativas con los que violan sus leyes. —Me quedo aquí, Roberto. Yo no temo la muerte. El amor, que tú no conoces, es mayor que la muerte. Roberto se va y Vaudemont se queda con la hermosa princesa. Yolanda oye la voz del caballero y se despierta. —¿Quién eres, oh caballero hermoso, y de dónde has venido? ¿Cómo te llamas? —Mi nombre es Vaudemont. Oh virgen, no soy digno de verte, una criatura de tal pureza, de belleza y bondad celestial. ¿Quién eres tú, diosa? —Soy la princesa Yolanda, hija del rey Renné. —¡Qué hermosas son las flores en tu jardín, Yolanda! Geranios, rosas, azucenas… ¡Un invernadero de flores maravillosas! —Oh caballero, la flor más hermosa crece en tu corazón. —Cuando oigo tu voz, en mi corazón se abre una flor, como bajo los rayos del sol. —¿Qué es el sol?
— ¡Mira! ¿Tú no ves la luz? —Yo no veo nada. ¿Qué es la luz? Vaudemont entiende: Yolanda es ciega. —Querida niña, existe la luz eterna. El hombre tiene derecho a verla, recuperando su vista de ‘gallinita ciega’. —¡Oh, cómo quisiera ver la luz! Vaudemont toma su lira y empieza a cantar para su bienamada una hermosa canción de minné. Yolanda escucha la música milagrosa y las lágrimas le caen a cántaros. Al principio son lágrimas amargas y tristes, angoisse, y después, enternecidas e iluminadas. Ante los ojos de Vaudemont, ¡Yolanda se cura!. Le parece que empieza a ver aquella misma luz, de la que habla el caballero errante. —¡Oh, virgen! —ella oye la voz del cantor—. He venido de un país lejano, que no figura dentro de los límites terrenales. —¿Qué país es, caballero hermoso? —El castillo del amor celestial, hermosa virgen. He venido del castillo de Minné. —¡Oh qué hermoso es ese castillo! ¡Lo veo! ¡Qué aromas de flores en sus prados, cuántas buganvillas, azucenas blancas, lantanas y rosas…! —La diestra del Altísimo me ha traído aquí, para liberarte del encierro y curarte. —Yo vivo en uno de los castillos más hermosos de Provenza, ¿de qué encierro estás hablando? —¡Oh, mi bienamada! Si tú hubieras estado en el castillo del Santo Grial, entenderías que la vida terrenal, para los que han gustado el amor celestial, es una mazmorra en comparación con las beatitudes que existen en los cielos y en la propia tierra. —Descríbeme tu castillo. —Es un palacio de cristal y tiene 144 torres con campanillas de bodhisattva. Vírgenes y caballeros maravillosos habitan el castillo. —¡Oh, Vaudemont! ¡En cuanto me ha tocado tu cetro musical, yo he recuperado la vista! En mi corazón se ha encendido la vela del amor no terrenal y omnihumano. En mí se ha despertado la misericordia inmensa hacia todo lo vivo. Cuéntame más sobre el Santo Grial, sobre el palacio cristalino de budas y cristos perfectos, teoengendradoras y bodhisattvas, mujeres mirróforas y caballeros —le pide Yolanda a Vaudemont. Vaudemont termina su narración con estas palabras: —He venido del Reino del Santo Grial, y anhelo volver a él contigo. Yolanda está feliz, ella ve al bienamado que preveía, con quien soñaba y al que esperaba. —¿Qué es esto? Yo veo a mi bienamado. ¡El caballero del amor virginal y eterno! Pero mi padre ha prometido condenar a pena de muerte a aquel que se atreviera a entrar en el castillo, violar su orden y mi clausura… ¿Qué hacer? —No te preocupes por nada, hija mía —Vaudemont llama a Yolanda hija y novia, indistintamente—, nuestro Altísimo, lleno del amor grandioso, todo lo resolverá con la paz. Ninguna tragedia, sólo alegría y victoria; ¡tal es el lema del Santo Grial! El amor vence la muerte. *
El rey Renné —príncipe de este mundo— prohíbe a su hija —el alma humana— recuperar la vista sobre la ceguera. Al mismo tiempo, como padre que la ama, quiere que ella se cure y pueda ver. Al palacio del rey son invitados los mejores médicos. Uno de ellos, que se llama Ibn El Arabí, se decide curar a Yolanda. El Arabí pone tres condiciones de curación de la princesa. Primero, ella debe conocer la verdad y valientemente aceptar que es ciega. Segundo, ardientemente, con todo su corazón, debe anhelar ver , tener fe en que recuperará la vista (la fe, el conocimiento y la visión de la divinidad, no es sonambulismo ritual). Tercero, enamorarse de todo corazón. ‘Pero mi hija ya está prometida al duque de Borgoña’, —fríamente responde Renné a las condiciones del sabio. Es evidente que no le gustan las palabras de Ibn El Arabí y se niega: su hija no debe amar a nadie, excepto al mismo rey. —Pues, entonces, hagamos la última prueba —dice El Arabí. —Vámonos a los aposentos de la princesa. El rey Renné, junto con el doctor, entra en los aposentos de Yolanda y ven a Vaudemont.
—¿Quién eres, desdichado? —exclama Renné. ¡Cómo te has atrevido a violar la prohibición! ¿Acaso no has leído la inscripción en la entrada del castillo?: ‘Cualquiera que entre aquí, será entregado a la muerte’. ¡Por tu osadía pagarás con tu vida! El rey da la orden de encerrar a Vaudemont en la cárcel. Antes de su encarcelamiento a Vaudemont le da tiempo a decir: —Majestad, el duque de Borgoña es mi amigo y hemos venido a su castillo juntos. El duque quería comunicarle que renuncia a la princesa. Él no la ama. Y yo adoro a su Yolanda Atalanta, ¡el alma divina! El médico sabio Ibn El Arabí consuela a Renné:
—Majestad, a su pesar, la princesa ha descubierto que es ciega, ha anhelado recuperar la vista y se ha enamorado del caballero-minnesinger errante, escuchando con gusto la música dulcísima de su lira órfica. Las tres condiciones de la Sabiduría están cumplidas: la verdad intrépida sobre la ceguera espiritual, el anhelo de recuperar la vista y el gran amor que abrazó el corazón. —¡Papito, yo os veo! ¡Estoy feliz! A mí me ha curado la música de minné. ¡Vaudemont prometió acogerme en su palacio de cristal! —dice Yolanda. —¿Qué puede ser más hermoso que el castillo de Fleur d’Amour? —exclama el rey Renné. —Padre, existe un castillo aún más hermoso, de belleza no terrenal, en otra dimensión. Libera al caballero-curador. Yo deseo hacerme su novia virginal. Desde hoy yo no tendré nunca otro esposo o novio. —¿Quién es este caballero, que se atrevió a violar la ley? —Él ha venido de un reino lejano, del dios que es Padre de la Grandeza. Él envía al Espíritu Grande del amor sobrecelestial. ¡Con su fuerza me he curado! Yolanda y Vaudemont se van al Grial El rey Renné se queda confundido y libera a Vaudemont en agradecimiento por haber curado a su hija. A Renné no le queda nada más que dejar ir a Yolanda, que recuperó su vista, junto con el caballero al castillo del Amor supremo. Yolanda está predestinada para proezas elevadas. El duque Roberto está lleno de envidia —y no es para menos: ¡había perdido la ocasión de tener una novia tan hermosa!— y quiere desafiar a Vaudemont en un duelo caballeresco… Pero en el lago aparece un barco dorado y por el río Doranç, que desemboca en el lago, Yolanda y Vaudemont se van al Santo Grial. ‘Padre, estoy completamente feliz. No os pongáis triste. Yo deseo que visitéis nuestro castillo. Pero, para esto tenéis que haceros puro, perfecto, y de alma grande; anhelar hacer hazañas por la salvación de la humanidad’ —oye las últimas palabras el rey Renné. En sus ojos aparecen lágrimas. Renné se queda conmovido y repite: ‘Mi tesoro, mi hija amada…’. El barco dorado lleva al caballero Vaudemont y a Yolanda al castillo del Santo Grial. El Reino del Santo Grial Renné está conmovido: ¡su hija se ha curado por la fuerza misteriosa del amor! Él añora a su hermosa y bondadosísima Yolanda. La angustia por su hija se apodera tanto del rey que se olvida de todo lo demás. Se viste como un peregrino y se marcha a peregrinar en busca del amor del Santo Grial, por el cual vale la pena vivir. Quizás también él, Renné, se cure de su angoisse con la fuerza de aquel amor que constituye la perla y la fortuna del hombre. En su peregrinación, Renné alcanza el escalón del perfecto, el bodhisattva. A por él también viene el barco dorado y lo eleva al castillo del Santo Grial. El rey se inicia en la fraternidad de los caballeros. Él encuentra a su hija en las beatitudes inenarrables del Aposento nupcial. Renné escucha la música del Reino del Santo Estar y dice: —¡Aquí está el Reino en donde yo, rey de Provenza, estoy dispuesto a ser el último servidor, un caballero anónimo e ignorado! ¡Oh, hija hermosa, qué feliz estoy de verte!

Pin It on Pinterest

Share This