Ya desde la mañana, adoro. Por telégrafo místico     entre barracas aldeanas, minné transmito. He llorado media vida como un cálica errante, peregrino divino. Me encontré en la celda carcelaria número 358. En la calle estaba el otoño lacrimoso. Las ramas se hincharon como si fueran manos frías. En la chimenea acogedora, las últimas brasas se extinguían,     y en el corazón se expandía la bondad sobremisericordiosa.     La vida cambia 180º con la consagración a la Madre Diosa. La lluvia. El calor. Se está como en sábado, cómodo y solo. El interlocutor clava el monóculo del tercer ojo. La visión auténtica es clarividente, no como la del desafortunado con cataratas. Es ingenua. Inocente.     La mirada bondadosa no echará mal de ojo                                                          ni delante ni a escondidas.     Y el ataque malo es impotente sobre la buena gente divina.

26.10.2012

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